Historia "La isla"

“La isla” introducción

Los primeros rallos de sol de la mañana traspasaban la ventana de la habitación, y al mismo tiempo, se escuchaba débilmente el sonido pausado del piano y el crujir del suelo de madera. El olor a café se entrometía por todas las esquinas de aquel hogar primaveral. Era un apartamento elegante y luminoso, decorado con fotografías y objetos antiguos, dando cobijo a los recuerdos más preciados de la familia Virto – Zurita y Rivera.

Aquel sábado por la mañana los pensamientos de Amalia parecían escucharse por toda la casa: “Echaba de menos despertarme con el sonido de tu música… echaba de menos tu compañía, tus abrazos… No quiero olvidarme nunca de esto. No quiero olvidarme nunca de lo especial que eres, de la forma que tienes de mirarme, de cuidarme, de sorprenderme, incluso de despedirte… Siento que a veces la distancia me hace descuidar tu recuerdo, pero no te preocupes, porque soy consciente de que vale la pena esperar. Vuelvo a recordar cuando te veo y siento la magia que desprendemos tan sólo con mirarnos. Porque cuando pienso que estás más lejos de mí, me sorprendes acercándote a escondidas. Te acercas y te abrazo y te abrazaría toda la vida, sin parar, arropándome sólo con tu cuerpo y tu calor.”

Los sentimientos más nostálgicos de este profundo romance podían respirarse tanto como el aroma de las flores de la primavera. Héctor ya tenía las maletas preparadas para un nuevo viaje. Era pianista profesional y se ausentaba constantemente por sus giras. Un amante nato de la música, que dominaba el piano desde pequeño. Era misteriosamente atractivo, porque era diferente a los demás y eso se le notaba. De tez morena y con unos ojos tan verdes que parecía guardar en ellos toda la esencia de la naturaleza. Aventurero, inteligente y tranquilo. Su bondad y naturalidad enamoraron a Amalia cinco años atrás y decidieron vivir juntos para estirar el poco tiempo que podían pasar el uno al lado del otro.

Amalia todavía con el cuerpo adormilado y despeinada se acercó para despedirse de él una vez más. Una despedida tan intensa como todas las veces anteriores, pero las lágrimas ya eran inexistentes desde hacía un tiempo.

Héctor le prometió a Amalia que volvería pronto y que le traería algún detalle de su nuevo viaje, para la colección.

Cuando esa puerta se cerró, la inmensidad de la soledad invadió el cuerpo de Amalia, ya que esa casa estaba repleta de recuerdos. Esa casa parecía guardar incluso momentos vivos incapaces de perderse en el tiempo.

Amalia tenía un taller de pintura, pero su inspiración se perdió desde la muerte repentina de su padre. El taller era una habitación luminosa y amplia a pocos metros de la entrada principal del apartamento. Los ventanales daban a una calle céntrica y arbolada de la ciudad. Olía a pintura nada más entrar y había arte inacabado en todas las esquinas. Le gustaba esperar a sus alumnos con un ambiente agradable e inspirador con música relajante e incienso.

Amalia se formó en Bellas Artes en una de las universidades más prestigiosas de París. En aquella época hacía numerosos viajes por Europa en busca de inspiración y de ideas, lo que la llevó a conocer a Héctor. Trabajó en numerosas revistas y llevó a cabo varias exposiciones en Nueva York, hasta que adquirió la experiencia necesaria para crear su propio negocio. Volvió a Madrid y se fue a vivir con Héctor a un precioso estudio en el centro, pero abriendo su taller en casa de sus padres, donde le habilitaron uno de los despachos que ya no se usaban.

 

La casa de sus padres adoptó un aspecto abandonado y descuidado desde el fallecimiento de su padre. La terraza estaba inundada de malas hierbas y por dentro había polvo, olor a humedad y sábanas recubriendo la mayoría de los muebles. Amalia y Héctor abandonaron el estudio recién estrenado para darle vida a la vivienda familiar tras la noticia, que era mucho más lujosa que el pequeño estudio, pero todavía había mucho que hacer tras la mudanza.

Haz click aquí para continuar leyendo: “La isla” Capítulo 1: Terciopelo. Primera parte. 

 

Psicóloga Grecia de Jesús.

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