Historia "La isla"

“La isla” Capítulo 1: Terciopelo. Segunda parte.

Al principio, Amalia se negaba a aceptar la muerte de su padre, ¿Cómo podía haber pasado una cosa así? No encontraba respuestas. La primera semana Amalia durmió con su madre allí, en una vivienda gris y triste por la ausencia que inundaba cada esquina. Se trataba de un duelo muy doloroso, superar la muerte de un padre es un camino muy hostil, sobre todo cuando se trata de una muerte en tan estruendosas condiciones.

La tercera noche, Amalia no podía dormir, se bajó decidida de la cama apoyando los pies descalzos en aquel suelo helado y se acercó silenciosamente al despacho de su padre, tan sólo a cinco pasos de su habitación. No era la primera vez que tenía insomnio. Necesitaba información, necesitaba alguna explicación. ¿Quién era Álvaro? ¿Por qué se suicidó? ¿Por qué mató a su padre?

El crujir de la puerta del despacho de Alejandro Rivera sonó como un gran relámpago en aquella noche silenciosa. Hacía más frío en esa habitación que en el resto de la casa. No había vuelto a entrar allí desde que vio a su padre muerto en el suelo junto a un charco de sangre y los documentos en llamas encima del escritorio. Por suerte, el fuego que parecía haberse generado al caer una vela en el escritorio, no hizo ningún tipo de daño a parte de la destrucción de algunos papeles.

Amalia sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo en un segundo y sintió que todavía no estaba preparada, no debía estar ahí. Se dispuso a cerrar la puerta cuando Mitch, el gato persa color ceniza que precisamente su padre le regaló a Amalia en su último cumpleaños, se entrometió en la habitación.

– ¡Gordo! ¡Mitch! ¿A dónde vas? ¡Sal de ahí ahora mismo! – Le susurró mientras se acercaba para cogerlo en brazos y salir de allí inmediatamente.

Se sentía como si estuviera invadiendo la intimidad de su padre, todavía presente de alguna forma inexplicable. Al agacharse para acercarse a Mitch observó que algo maravilloso brillaba en aquella alfombra marroquí que ocupaba toda la sala. Una pequeñísima pieza de una piedra preciosa de tonos verdes y dorados que no había visto jamás. Lo más seguro es que fuera parte de una joya o algún reloj que se le pudiera haber caído a algún paciente, pero el caso es que le llamó tanto la atención que decidió quedársela.

 

Psicóloga Grecia de Jesús.

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