Historia "La isla"

“La isla” Capítulo 2: Sueños. Primera parte.

 

Unos meses más tarde:

“Selva. Naturaleza. Bruma. Calidez. Colores exóticos. Aire fresco. Agua cristalina. Claridad. Plenitud. Tranquilidad. Era un día cálido y alegre en una zona desconocida del Amazonas, que la naturaleza había dotado de una cascada y un lago hondo y cristalino. Estoy con mi familia, con mis amigos más cercanos, gente con la que me siento cómoda y protegida. Estamos en unas rocas y la gracia es tirarse al agua. Yo estoy maravillada con el paisaje, con los colores. Primero se tira Héctor, se lo está pasando genial. Después voy yo. Me tiro. El agua está agradable de temperatura, es completamente transparente, puedo distinguir distintos peces a mi alrededor. Sigo hundiéndome por la fuerza de la propia caída al agua y puedo observar cada vez más y más vegetación. Entre una de las paredes cubierta de rocas y plantas veo algo que brilla. No sé por qué, pero me viene a la cabeza aquella pieza que encontré en la consulta de mi padre. Me quedo paralizada y maravillada a la vez, pero sigo hundiéndome. Miro hacia arriba y pienso lo que me va a costar nadar a la superficie cuando deje de bajar. No sé qué es lo que pasa en esa zona, si es por la altura o la gravedad, pero me hundo más rápido que en cualquier otro lugar. Nadie se da cuenta de mi ausencia, para mí ha pasado ya un buen rato. El agua cada vez está más fría y oscura. Me empiezo a quedar sin aire. Parece que ya he parado y que puedo moverme hacia la superficie. Me dispongo a ello cuando de pronto, noto algo, miro hacia abajo y algo que parecía una persona ¡me coge del pie! me da un vuelco al corazón… y me despierto. Son las tres y media de la mañana”.

  • Cariño, creo que pasas mucho tiempo en esa casa tú sola y creo que al ser tan grande y tan antigua puede darte cierto nerviosismo y causarte ese tipo de sueños, a parte de los recuerdos que te trae, claro…
  • Mamá, Héctor vuelve en tan sólo un mes. Voy a empezar a reformarla y a darle un buen uso.
  • Haz lo que quieras con ella, me han ofrecido un contrato bastante bueno en Nueva York y esta vez no tendré que estar viajando, nada de moverme, es completamente estable y es lo que estoy buscando, me he cansado de tanto viaje.
  • ¡Vaya! Enhorabuena, pero…
  • Puedes venir a verme cariño cuando quieras – La interrumpió Maribel, con cierta impulsividad. – También quería comentarte que con este cambio no voy a seguir hospedándome en hoteles de lujo, estoy mirando apartamentos en Manhattan y cuando lo consiga me iré acompañada. – Amalia no tenía a su madre delante, ya que era una conversación telefónica, pero podía imaginársela perfectamente… gesticulando soberbia con sus uñas recién pintadas, su pelo de peluquería y despampanante como siempre intentando soltar aquella bomba sin crear confrontación ni sorpresa.
  • ¿Cómo que acompañada? – Preguntó Amalia con la voz quebrada.
  • Han pasado ya meses Amalia…

 

¡No lo podía creer! Qué rabia… no entendía cómo Maribel podía ser en ocasiones tan fría, no podía entender que pudiera estar disfrutando tan rápidamente. Era absurdo.

Amalia se dio una ducha fría, se puso unos vaqueros, una camiseta, botas y abrigo y salió a la calle. Decidió comprar girasoles y quedar con su amiga Verónica en el café de siempre.

Verónica llegaba tarde como de costumbre, pero en cuanto abrió la puerta Amalia lo notó, más que nada porque todos los tíos del bar pusieron en ella su mirada, y algunas tías también.

Verónica era su mejor amiga, una chica que se hacía notar, que sabía mucho de la vida y lo había experimentado casi todo. Físicamente, no tenía las medidas “perfectas”, pero no le hacía falta porque sin duda era explosiva, seductora, guapa, inteligente, con personalidad, fuerte, con buen gusto, independiente, graciosa, desafiante, siempre a un paso por delante y también humilde.

Mientras se hacía circulitos con su coleta despeinada y pelirroja escuchaba atenta a Amalia. Ella se desahogó, lloró y dijo mil tacos hasta que se quedó a gusto. Verónica esperó a que terminara y empezó a darle su punto de vista.

  • Amalia, mira… sé que lo que estás viviendo es muy doloroso… adorabas a tu padre y no se merecía lo que le ha pasado. Pero amiga, no culpabilices a tu madre por rehacer su vida pronto, cada uno tiene sus tiempos y eso hay que respetarlo. – Amalia estaba un poco resentida con su Maribel porque siempre había sentido que le prestaba demasiada atención a los negocios y que su familia le importaba más bien poco. – Sal por un momento de ti, intenta ver las cosas con distancia – continuó Verónica – En serio, ojalá pudieras ver a tu madre como yo la veo… es el ejemplo de mujer a seguir, es perfecta… joder, ¡hasta yo quiero ser como ella! Ha conseguido siempre lo que se ha propuesto, ha llegado súper lejos… todas las tías deberíamos aprender de ella.
  • Lo sé… pero buf… no sé qué decirte, se me han juntado muchas cosas, tengo mil historias en la cabeza. – Amalia hablaba cabizbaja con falta de ánimos.
  • Bueno, ya sabes que me tienes a mí para ayudarte en todo lo que necesites. – La cogió de las manos cariñosa y le sonrió amablemente. – Vamos, acompáñame a fumar fuera que dentro de 10 minutos tengo que ir a recoger a Martín al colegio.

¿Quieres leer los capítulos anteriores? Haz click en los siguientes enlaces:

“La isla” Capítulo 1: Terciopelo. Segunda parte.

“La isla” Capítulo 1: Terciopelo. Primera parte.

“La isla” Introducción. 

Psicóloga Grecia de Jesús.

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